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EN BABIA

Siempre me ha hecho ilusión estar literalmente en Babia. Quiero decir en esa perdida comarca leonesa donde los reyes  medievales se retiraban a cazar, al tiempo que desconectaban de los asuntos de gobierno y de lo que sucedía en la corte, alcanzando así ese estado de felicidad que tan caro nos resulta a quienes tenemos la suerte de, sin movernos de casa, pasarnos también parte de la vida en Babia -o sea, en el limbo-, felizmente distraídos y ajenos a cuanto nos rodea.
Se accede a la región de Babia -ahora hablando en estrictos términos geográficos- por Villafeliz de Babia, un pequeño pueblo a cuya entrada me encuentro con un grupo de niños que se balancean plácidamente en unos columpios, mientras sus madres, sentadas en un banco al sol, charlan despreocupadas. Aquella estampa de dicha tras el letrero en el que consta el nombre del pueblo -Villafeliz-, es una de esas fotos que uno lamenta no haber hecho, y que por eso mismo llevamos siempre en el morral de nuestros recuerdos.
Tan abstraído anduve por aquellos deliciosos valles -tan en Babia- que no eché cuenta de que a mi coche se le estaba acabando la gasolina, y cuando reparé en ello ya había agotado gran parte del combustible de reserva. Pensé que otra vez la cruda realidad me sacaba, jalándome por los pelos, de ese estado de feliz despreocupación en el que vivimos los babianos por vocación, como es mi caso. Pero un letrero color naranja que restallaba en la distancia sobre el verde del paisaje, hizo que se disipara el nubarrón de temores que me amenazaba: "Cepsa". ¡Una gasolinera!
La chica que atendía la estación de servicio también parecía de Villafeliz, tal era su expresión beatífica.
-¿No conoces la tarjeta de Cepsa? -me dijo. Con ella, cada vez que repostes, lógicamente en una de nuestras gasolineras, acumulas puntos que puedes canjear por unos regalos estupendos.

Y va y me da un catálogo, en el que, nada más abrirlo, me topo con uno de sus regalos estrella: un reloj marca Lotus. 50.000 puntos. Lotus eran también los fórmula uno de mi scalextric, recuerdo. Reloj y coches de carrera. Precisión y velocidad. Sonaba bien. Y como aún estaba en Babia, y la chica era guapa, voy y le doy mis datos personales, y ella a cambio me da la tarjeta de Cepsa.
Desde aquella inolvidable estancia en Babia una de mis obsesiones, cuando viajo, es dar con estaciones de servicio de la cadena Cepsa. Le he sido fiel a la marca durante tres años, a veces teniendo que dar rodeos o tomar desvíos que me sacaban de ruta, y ya he acumulado casi 20.000 puntos. ¡Sólo cuatro o cinco años más consumiendo productos Cepsa y el reloj Lotus del catálogo, el sueño largamente acariciado, será por fin mío!
Eso creía hasta el otro día, cuando al echar gasolina me dicen que ha salido el nuevo catálogo de Cepsa, y para mi decepción compruebo que el reloj que antes valía 50.000 ahora vale 90.000 puntos.
-¿Qué le sucede? -me dice el empleado al ver la cara de tonto que se me puso.
-Nada, que ahora me doy cuenta de que verdaderamente estaba en Babia el día que solicité la tarjeta.
RAFAEL GIL CANO
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