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UN EDIFICIO EMBLEMÁTICO PDF Imprimir E-Mail

UN EDIFICIO EMBLEMÁTICO

De tanto ver siempre las mismas cosas acaba uno por pasar a su lado sin verlas. Nos sucede en nuestra propia casa y también en las calles por las que a diario transitamos, hasta el punto de sorprendernos alguna vez con la belleza de un balcón o de un patio ante los que pasamos cada día sin reparar nunca en ellos. Por eso no estaría mal que de vez en cuando recurriéramos al ardid de mirar nuestra ciudad con ojos de forastero, como si no la hubiéramos visto nunca antes.

Hace ya bastantes años, mientras se realizaban obras en mi casa, decidí pasar algunos días en un hotel de la ciudad. La experiencia me resultó tan insólita como gratificante. Y es que junto a otros verdaderos turistas que en aquel hotel se alojaban, tuve la oportunidad de recorrer la ciudad, y de visitar sus edificios y monumentos más valiosos, como si nunca antes hubiera estado en ella, a lo que contribuyó también la presencia de una simpática guía cuyas explicaciones acentuaban la impresión de encontrarme en tierra extraña.

Al oír los elogios que le dedicaban algunos de mis acompañantes, llegué a  sentirme verdaderamente orgulloso de haber nacido en esta bonita población del sur de España, y a punto estuvo mi vanidad de revelarles mi impostura. Mas hubo un comentario que me dejó un tanto pensativo. Decía una señorita, que daba muestras de estar muy viajada y de ser algo entendida en arte, que lo que echaba en falta en la ciudad era la existencia de un edificio realmente emblemático. Y no es que Jerez carezca de buenos edificios, que los tiene, y algunos magníficos. Pero aquella señorita se refería a uno de esos cuya sola imagen sirve para evocar la ciudad toda, y que al verlo se pueda decir con absoluta certeza que se trata de Jerez, lo mismo que al ver la Giralda sabemos que se trata de Sevilla, o al contemplar los arcos de la mezquita,  de Córdoba… Si acaso, decía aquella viajera, son las bodegas los edificios más representativos y característicos de la ciudad, y puestos a buscar un espacio urbano en concreto que llevarse en el recuerdo convinimos en que ése era sin duda el Gallo Azul, esa gran obra del Jerez modernista.

Al recordar ahora aquellas jornadas se me ocurre que la ventaja de no tener un edificio emblemático es que éste está aún por construir. Y lo digo con toda la prevención que requiere el caso, dada la afición de muchos políticos a dejar huella arquitectónica indeleble de su paso por las altas jerarquías del poder, generalmente para escarnio de la ciudad y de sus moradores. Mas a pesar de ello, cada vez que paso junto a nuestra infrautilizada y pobretona plaza de toros, no puedo dejar de soñar con la construcción en aquel lugar de un bellísimo rascacielos que le imprimiría a la ciudad, una vez vencido el pánico a construir en altura, propio de las poblaciones de tradición agrícola,  el carácter urbano del que aún adolece, y que, quién sabe, tal vez se convertiría en ese edificio emblemático del que Jerez carece.
RAFAEL GIL CANO

 

 

 
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