LAS
HECES
 - ¡Niños, tened cuidado, no
vayáis a pisar las heces!
El modo de expresarse aquella
señora, en perfecto castellano, y su aspecto y maneras
refinadas, así como las de los dos niños que la
acompañaban -sus hijos, sin duda-, consiguieron
sacarme del habitual estado de abstracción en el que
ando sumergido cuando paseo por las calles en
compañía de mi perro. "Las heces",
repetí para mis adentros con extrañeza. Y
sólo entonces reparé en que aquel callejón
del centro de Jerez por el que transitábamos estaba
literalmente regado de excrementos, cacas de perro o... heces,
como las denominaba con delicadeza la señora.
Miré a mi perro, "Lupi", que ajeno a todo
caminaba olisqueando con delectación todo aquel rosario
de residuos sólidos dejados en la vía
pública por sus congéneres (o por sus
dueños, mejor dicho).
Sortear inmundicias mientras se camina
por la calle es destreza que se adquiere con prontitud, si uno
tiene la suerte de vivir en el casco histórico de Jerez.
Pero para los visitantes procedentes de ciudades que suponemos
más limpias y con mayor espíritu cívico,
debe resultar tarea harto dificultosa y de lo más
desagradable. Pensé en la penosa impresión que
aquella señora, sin duda forastera, estaría
sacando de la ciudad y de sus moradores. Me hubiera gustado
poder ofrecerle una explicación, o mejor hacerle una
demostración de que no todos los jerezanos éramos
tan guarros como el aspecto de la calle delataba. Así
que tras asegurarme de que llevaba provisión de bolsas
de plástico, apreté el paso y me adelanté
unos metros con la esperanza de que a "Lupi" le diera
por hacer sus necesidades a la vista de aquella familia,
para luego, en una exhibición de civismo, recoger
yo la inmundicia y ponerla a buen recaudo en un contenedor de
basuras. Pero el perro no parecía estar por la labor, y
no se me ocurría de qué manera podría yo
activar el funcionamiento de sus intestinos. De modo que tras
un rato de inútil espera, continué mi paseo
olvidándome al poco de la señora, de sus dos
hijos y del reguero de... heces que salpican nuestras calles, y
que uno sortea con la naturalidad y la destreza que nos
proporcionan la costumbre.
Pero hete aquí que al pasar por la
calle Consistorio, justo ante la puerta de nuestro
Ayuntamiento, veo que mi perro, "Lupi", guiado sin
duda por ese don de la oportunidad que lo caracteriza, de
pronto se para, se encoge, aprieta... y tras unos segundos de
tembloroso éxtasis fisiológico, deja sobre aquel
inmaculado pavimento un monumental testimonio del caprichoso
funcionamiento de sus vísceras. Tentado estuve de dejar
la hez -que diría la señora castellana- en lugar
tan emblemático, siquiera como recordatorio a nuestras
autoridades de lo que muchos jerezanos encontramos cada
día a la puerta de nuestras casas y en nuestras calles y
plazas. Pero la mirada inquisidora de un guardia que
allí estaba, y el espíritu cívico del que
en ningún caso quiero hacer dejación, me
inclinaron finalmente a actuar, con la ayuda de una bolsa de
plástico, como debe hacerlo siempre el propietario de un
perro que no se resigna a que tengamos que vivir en una ciudad
salpicada de mierdas.
|