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LAS GRANADAS PDF Imprimir E-Mail

LAS GRANADAS

Cuando yo era pequeño no podía sospechar que la imagen de la granada abierta pudiera utilizarse como símbolo de los deseos carnales, como al parecer sucede aún en diversas partes de Asia. No sé si de haberlo sabido mi infancia y adolescencia hubieran sido más… excitantes, dado que he tenido la suerte de vivir siempre rodeado de granados, uno de los árboles más bellos que conozco, omnipresentes en los jardines clásicos andaluces. La acepción simbólica que los asiáticos dan a este bello fruto otoñal me parece ahora tan evidente que no creo que haga falta meterse a dar explicaciones. Baste decir que la poesía popular turca considera a la novia como "una granada no abierta".

Un sexólogo amigo, en verdad un tanto excéntrico y que sin duda debe tener ojos asiáticos al menos cuando de mirar la fruta se trata, recomienda contra la inapetencia sexual tener siempre que se pueda en casa, expuestas en un frutero bien a la vista, algunas granadas abiertas para estimular la libido,  aunque posiblemente los turcos las preferirán cerradas. Yo no sé cómo le irá a mi amigo en su consulta, ni del resultado de recetas tan poco ortodoxas. Pero en cualquier caso, si nuestra pareja no se diera por aludida ante tan expresivo reclamo, y si tememos aburrirla con una disertación sobre iconografía asiática, siempre le quedará a uno el consuelo de acabar desgranando el fruto, que es la mar de entretenido, y comérselo luego, que está riquísimo.
   
En la India las mujeres beben jugo de granada para luchar contra la esterilidad, más que nada, y por encima de cualquier argumento científico, porque sus numerosas pepitas son un símbolo de fecundidad, de prosperidad numerosa. Para la Iglesia, sin embargo, los numerosos granos que contiene la granada bajo una corteza única, simbolizan la unión de los diversos pueblos bajo una misma creencia. Como se ve, con la granada, como con todo, también cada cual barre a su conveniencia.

Hace muchos años, junto a mi novia de entonces, descubrí en la fachada de la iglesia de la Cartuja, labradas en la piedra, unas guirnaldas de frutas que nos parecieron de enorme sensualidad. Junto a peras y melocotones no faltaban también granadas abiertas, y he de confesar que los sentimientos y pasiones que aquellos frutos alentaron y desataron en mi interior tenían más que ver con la simbología asiática, y más concretamente con la turca, que con la cristiana. Cuando más abstraídos estábamos en la gozosa contemplación de los frutos, apareció por sorpresa el hermano portero, quien al percatarse de nuestro embeleso nos dijo en tono socarrón:
-¡Que no se comen!

Siempre he creído que el hermano portero, a quien después tuve ocasión de tratar en diversas ocasiones, nada sabía de iconografía asiática a pesar de su vasta erudición, por lo que tomé su advertencia no más que como una inocente gracieta. Pero al recordar ahora su sonrisa picarona, la verdad es que ya no tengo tan claro lo que trató de sugerirnos aquel día a la puerta de aquel lugar tan casto y sagrado. Cualquiera sabe.
RAFAEL GIL CANO


 
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